El hijo del Corsario Rojo

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Los filibusteros, que ya contaban con el terror que su presencia infundía, después de las ruidosas victorias conseguidas en el istmo, hicieron una carga cerrada.

Los jinetes intentaron defenderse.

Algunos, arrojados de la silla, yacían muertos o moribundos ante las gradas de la iglesia.

—Ahora me las entenderé con aquel maldito tabernero —dijo el gascón—. ¡Ay de él si lo encuentro!

El conde de Ventimiglia eligió una docena de hombres y se dirigió al palacio del gobernador, de cuyas ventanas no había partido un solo disparo de arcabuz, en tanto que otros, provistos de vigas, intentaban echar abajo la puerta de la iglesia para hacer salir a los habitantes de la ciudad, que se habían refugiado en ella.

El gascón, Mendoza y el flamenco acompañaban al conde, prontos a sacrificarse por defenderlo.

—¡Por cien mil demonios! —exclamó Barrejo, cuando subió la escalinata—. Las palomas han escapado en compañía del halcón. Señor conde, no será aquí donde encontraréis al marqués de Montelimar, mi queridísimo amigo. Apuesto cualquier cosa a que no tenéis el honor de probar su exquisito chocolate…

El conde y sus compañeros precipitáronse hacia las habitaciones, derribando puertas y muebles.


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