El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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Solo encontraron a siete u ocho alabarderos ocultos en un zaquizamí, bajo un montón de cañas de azúcar. Entre ellos había un hombre conocido de Mendoza y del gascón.

—¡Mil bombas! —exclamó Barrejo—. ¡El jefe de la tropa! ¡Eh, camarada! El conde Alcalá os ruega que dejéis oír vuestra voz armoniosa. Ya os dije, si no recuerdo mal, que muy pronto me volveríais a ver…

El jefe de la tropa, desconcertado al encontrarse en presencia del exprisionero, salió del zaquizamí, murmurando y oprimiendo amenazadoramente la espada.

—Interroguemos a este hombre —dijo el gascón—. Es un antiguo conocido nuestro.

—¿Dónde está el marqués? —preguntó el señor de Ventimiglia, que parecía desesperado.

—Desde anoche, señores, galopa por el camino que conduce a Nueva Granada —contestó el soldado—. Vuestros compañeros, que se hacían pasar por condes y grandes de España, no han sido muy astutos.

—¡Burlón! —exclamó Barrejo.

—¿Cuándo partió? —preguntó el conde.

—Antes de medianoche. Su Excelencia no es hombre que cae fácilmente en la trampa y se puso a tiempo en salvo. Nueva Granada no es Pueblo Viejo; de seguro que no lo tomaréis con unos cuantos arcabuzazos, señor mío.


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