El hijo del Corsario Rojo

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—Si me hubiese adelantado algunas horas, uno y otra habrían caído en mis manos —dijo.

Después, volviéndose hacia uno de sus oficiales, añadió:

—Encargaos de la custodia de estos hombres. Pueden sernos muy útiles más tarde.

Abandonó la sala y volvió a la plaza, seguido de Mendoza, del gascón, del flamenco y de media docena de filibusteros.

Los corsarios de Lussan no habían logrado aún penetrar a la iglesia.

Los habitantes que estaban dentro defendían con furia las riquezas que habían recogido apresuradamente, y a cada intimación respondían con una descarga de arcabuces.

—Señor de Ventimiglia —dijo el caballero francés, al verle aparecer—, esta gente no tiene intención de salir. ¿Queréis que vuele la iglesia con media docena de barriles de pólvora?

—Sería una matanza inútil —contestó el conde.

—Pero si se quedan dentro, no tendremos ni un doblón.

—Yo renuncio a mi parte.

—Mas no renunciarán a la suya ni mis hombres ni los vuestros.

—¿Habéis cogido prisioneros?


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