El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Dos docenas escasas.
—Enviad uno a la iglesia para que anuncie a los que en ella se han refugiado que si no capitulan degollaremos a los que están en nuestras manos.
En tanto que Lussan cumplÃa la orden, Mendoza acercóse al gascón y al flamenco.
—Amigos —exclamó—, mientras esta gente se las entiende con los que están encerrados en la iglesia, vámonos a dar un tiento al vino de aquel pÃcaro tabernero. Si empieza el saqueo general de la ciudad, no encontraremos más que toneles vacÃos. Yo conozco bien la sed insaciable de los filibusteros. Además, nuestra presencia aquà no es necesaria. El conde y el caballero francés disponen de hombres suficientes para obligar a que se rindan los sitiados.
—¡Tonnerre! —exclamó Barrejo—. Me habÃa olvidado de ese amigo… ¿Dónde se habrá metido?
—Tengo la esperanza de encontrarlo en medio de sus toneles —contestó Mendoza.
—En marcha, camarada —concluyó el gascón.
Aprovechando la confusión que reinaba en la plaza, los tres aventureros, sin que los viesen, se internaron en una callejuela que debÃa conducirlos en pocos minutos a la taberna del Moro.
Como habÃan supuesto, la puerta estaba cerrada, y en el interior no se percibÃa el ruido más ligero.