El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—¿Se habrá refugiado en la iglesia nuestro amigo con sus ayudantes? —se preguntó el gascón, después de apoyar un oído en la cerradura—. Ni siquiera oigo maullar al gato negro.

—Echemos la puerta abajo —dijo el flamenco, que habiendo descubierto a corta distancia un montón de maderas destinadas a la construcción de un edificio, se apoderó de una viga.

—He aquí el hombre fuerte de la partida —afirmó Barrejo, al ver que el flamenco no se inclinaba bajo el peso de la carga—. Y desde ahora, ya que no ha querido decirnos su nombre, le llamaremos Don Hércules.

El flamenco tomó carrera, y con un solo golpe derribó la puerta de la taberna, con tal estrépito, que dentro resonó como si hubiesen disparado un cañonazo.

—Don Hércules, sois el héroe de la jornada, el rey de la taberna —dijo el gascón—. ¡Diantre! ¡Qué músculos! Seríais capaz de derribar una fortaleza.

—Soy flamenco —contestó muy serio el aventurero.

Desenvainaron las espadas, temerosos de un ataque con asadores o cacerolas, y entraron.

Solo vieron al negro gato que huía. El pobre animal, espantado al escuchar aquel golpe formidable, saltaba por bancos y mesas, como si se hubiera vuelto loco, derribando vasos y botellas.


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