El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Ese bicho debe poseer el alma de aquel gatazo que encontramos en las orillas del Chagres —dijo el gascón.
—¿Sabéis dónde se halla la bodega? —preguntó Mendoza al flamenco.
—La puerta está debajo de ese banco.
—Encendamos antes una antorcha —observó Barrejo.
—No hace falta —contestó Mendoza.
—Subió a una mesa y descolgó un farol que servía para iluminar la sala. Lo encendió, no sin alguna dificultad, y se dirigió hacia la puerta de la cueva.
Bastó un puntapié para que las tablas cedieran y cayeran rodando por la escalerilla.
—¡Aquí está!… —exclamó Mendoza, levantando el farol.
—¿Quién? —preguntó Barrejo.
—He oído un grito en la bodega.
—¡Qué fortuna!… ¡Ah, pobre tabernero! ¡En qué manos va a caer!… —exclamó el gascón—. Alumbrad, Mendoza.
Bajaron la escalera con precaución y llegaron a un amplio sótano, en cuyos muros se apoyaban doce o catorce toneles respetables y muy panzudos.
—¿Dónde se habrá escondido ese bribón? —preguntó Barrejo.