El hijo del Corsario Rojo

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—¿Deseáis que os mate primero? —preguntó el gascón, cambiando de tono—. En ese caso nos quedaremos por dueños absolutos de la taberna y no nos fastidiarán vuestras protestas. ¿Queréis un consejo de amigo? Id a sentaros en aquellos travesaños, en compañía de vuestros pinches; dejad en paz los asadores, buenos para ensartar ánades, y pollos, pero no a los hombres como nosotros, y no nos molestéis más porque os meteremos una onza de plomo en la cabeza.

—¿Os proponéis arruinarme?

—Ya hemos arruinado a la ciudad entera; de modo que podéis consolaros.

—No os daré un real.

—¡Qué reales!… Vuestro vino es lo que queremos. ¿Nos tomáis por ladrones? Vaya, arrojad los asadores y retiraos al fondo. Tenemos sed, ¡tonnerre!…

El pobre tabernero y los pinches, espantados del acento terrible del gascón y juzgando inútil toda resistencia, arrojaron al suelo los asadores y fueron a sentarse en la viga indicada, que se encontraba en el extremo opuesto de la bodega.

Mendoza dejó en tierra el farol, en tanto que Barrejo y el flamenco se apoderaban de grandes jarros.

—Probemos primero el Jerez —dijo el vizcaíno—. Aquel del famoso doblón.

—Y, además, cataremos todos los otros —añadió el flamenco.


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