El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Cuidad de no emborracharos —advirtió el gascón—. No nos encontramos solos, y esos gatitos que están en el fondo podrían saltarnos a la cara.

En tanto que trasegaban Jerez, Oporto y Alicante, el desgraciado tabernero, se arrancaba los cabellos, chillando:

—¡Esos canallas me arruinan!

Ni Barrejo ni sus compañeros prestaron atención a los lamentos ni a las injurias que les dirigían. Continuaban bebiendo tranquilamente, paladeando el contenido de todos los toneles.

De repente, el gascón, que acaso sentía vacilar la cabeza y flaquearle las piernas, arrojó el jarro que tenía en la mano, casi lleno de Oporto, diciendo:

—¡Basta, camaradas!… No somos cubas. Ahora llega el castigo solemne del tabernero.

—¿Qué os proponéis? —gritó el dueño, más furioso que nunca—. ¿No estáis contentos todavía?

—Os dejamos los doblones cuando debéis tener una hucha bien repleta, y aún os lamentáis. ¿No sabéis que cuando los filibusteros caen sobre una ciudad lo arrasan todo? Debéis mostraros agradecido a nuestra generosidad.

—¿Pensáis darme muerte?

—Nada de eso. Los toneles pagarán vuestra pérfida conducta. Mendoza, ¿cuáles creéis que son los mejores toneles? ¿Habéis probado el contenido de ellos?


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