El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Si vuestro padre hubiese muerto en la horca, y vos un dÃa lograseis tener en las manos al que pronunció la terrible sentencia, ¿qué harÃais?
—Mi padre era un noble español, y no un filibustero —contestó el marqués de Montelimar.
—Y el mÃo no era un ladrón de los mares —interrumpió el conde—. Los Ventimiglia no se han llevado de América ni un doblón.
—Pero no hacÃan lo mismo los filibusteros que le acompañaban —replicó el marqués con violencia—. Para nosotros, vuestro padre no era más que un corsario peligrosÃsimo que arruinaba nuestras colonias y arrasaba nuestras ciudades. TenÃamos, pues, derecho a castigarlo.
—Como a un ladrón vulgar, ¿verdad? —dijo el conde, irónicamente.
El marqués no respondió.
El señor de Ventimiglia dio tres o cuatro vueltas por el gabinete; luego, deteniéndose bruscamente ante el exgobernador de Maracaibo, que le seguÃa con mirada inquieta, dijo:
—De este asunto hablaremos más tarde, señor marqués. Me interesa teneros en mi poder para otra cosa.
—Hablad.