El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Mi padre, que habÃa quedado viudo antes de embarcar para América en unión de sus hermanos, casó aquà con la hija de Hara, el gran Cacique del Darién. Cuando mi padre, segunda vez viudo, fue preso por vuestros compatriotas y conducido a Maracaibo, llevaba consigo a su hija. ¿Qué ha sido de ella? Vos lo sabéis seguramente.
—¿Yo?…
—¡Oh, señor marqués, no tratéis de engañarme! Aquella pequeñuela, que es hermana mÃa, ha sido recogida por vos, lo sé. Además, en Pueblo Viejo me confirmaron la noticia y vuestro secretario, el señor Robles, estrechado por mÃ, no ha podido negarlo.
—¿Mi secretario está en vuestras manos? —gritó el marqués.
—Estuvo; como ya no me servÃa de nada, lo dejé en libertad. Me fastidian mucho los prisioneros.
—¡Y reveló el secreto!…
—O hablar o morir, señor marqués —dijo el conde—. Ante tal dilema prefirió abrir la boca.
El marqués hizo un gesto de cólera y se levantó impetuosamente, dirigiendo al hijo del Corsario Rojo una mirada feroz.
—Entonces ¿qué es lo que queréis? —le preguntó con los dientes apretados.
—Que me entreguéis a mi hermana.
—¿Y para esto habéis venido hasta América?