El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —SÃ.
—¿Y si me negara a devolvérosla?
—¡Vive Dios! —gritó el conde—. No tendré consideración alguna con el hombre que pronunció la sentencia que condenó a mi padre a morir en la horca…
—Vuestra hermana no está aquÃ.
—¿Que no está aqu�
—No.
—¿Dónde la habéis enviado?
—A Panamá.
—¡Rayos y centellas! —gritó el conde desesperado.
—Aquà no estaba segura.
—Entonces, ¿sabÃais que la buscaba?
—SabÃa que una partida de filibusteros se acercaba a esta ciudad, y temiendo que en el asalto matasen a esa niña, me apresuré a enviarla a Panamá.
—¿Por qué tantos miramientos con la hija de un filibustero?
—La he educado como si fuera mÃa —respondió el marqués—. Ya que los demás han hablado, os habrán dicho que vuestra hermana, aunque mestiza, fue tratada siempre en mi casa como una señorita, y no como una esclava.
—En efecto, eso me han referido. ¿Y ahora?
—Espero, señor de Ventimiglia, que vayáis a buscarla.