El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¿A Panamá? ¿Os burláis, marqués? Ya han pasado los tiempos de Morgan, y hoy nadie se atreverÃa, ni aún mi tÃo, el Corsario Negro, si viviese, a intentar semejante empresa.
Una sonrisa irónica se dibujó en los labios del marqués de Montelimar.
—No sé qué aconsejaros, señor conde —dijo luego.
—¿A quién la confiasteis?
—A don Juan de Zabala, mi amigo y consejero del virreinato.
—Me han asegurado que vivÃa con un mayoral.
—Mientras fue pequeña, estuvo encargado de ella. Ahora tiene ya quince años y no debe tratarse más que con familias distinguidas.
—¿Y no podré recobrarla de ningún modo?
—SÃ, trasladándome con vos a Panamá, porque he dado orden al señor de Zabala de que no la entregue a nadie.
—Habéis tomado excesivas precauciones.
—La considero ya como si fuese hija mÃa, señor conde.
—Sin embargo, yo no me marcharé de América sin ella —dijo el conde de Ventimiglia—. Es mi hermana.