El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Nadie os discutirá tal derecho, señor conde —dijo el marqués. Y añadió con acento un tanto irónico—. Temo, sin embargo, que en Panamá no soplen vientos muy favorables para vos.
—Ya lo veremos. Entretanto, sois mi prisionero.
—Los prisioneros pueden rescatarse, fijad el precio.
—Un Ventimiglia no tiene necesidad de cincuenta ni de cien mil doblones, señor de Montelimar. Para vos no existe precio.
Luego, volviéndose hacia los tres aventureros que habÃan asistido al diálogo inmóviles y mudos como estatuas, pero espada en mano, dispuestos a evitar cualquier sorpresa, les dijo:
—Os encargo la vigilancia de este caballero.
Tocóse el ala del amplio fieltro y salió, bajando rápidamente la escala del castillo.
Comenzaba a clarear y la lluvia habÃa cesado. La explanada del fuerte estaba llena de filibusteros ocupados en elevar los cañones y en recoger toda la pólvora que encontraban.
Tusley, Grogner y Raveneau de Lussan, sentados en una balaustrada del fuerte, fumaban y charlaban.
Al ver al conde pusiéronse todos en pie.
—¿Qué novedades hay? —le preguntó el caballero francés, no sin cierta ansiedad.