El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Otra carta mal jugada —contestó el señor de Ventimiglia—. He apresado al águila, pero no he podido coger a la alondrita.
—¿Vuestra hermana?…
—Ya no está aquÃ.
—¡Voto a cien mil legiones de diablos! —gritó Raveneau de Lussan—. ¿Es acaso brujo el marqués para adivinar siempre vuestros proyectos?
—Asà parece —contestó el conde.
—¿Y cogeremos la alondrita?
—En Panamá, si queremos intentarlo.
—Asunto muy serio —dijo Grogner haciendo una mueca—. Panamá no es Pueblo Viejo ni Nueva Granada. Si fuésemos mil el asunto no resultarÃa muy difÃcil. Con las fuerzas de que disponemos, ningún filibustero, ni el mismo Morgan, intentarÃa semejante aventura.
—Vamos a la isla Tortuga —interrumpió Tusley, que hasta entonces habÃa permanecido silencioso—. Tengo noticias de que una partida de filibusteros, tripulando dos fragatas, debe llegar de un momento a otro para bloquear a Panamá. Si logramos encontrarla, haremos temblar una vez más a los moradores de la ciudad. Más por el momento me preocupa una cosa.
—Hablad, Tusley —dijo el conde.