El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Un prisionero me ha confesado que numerosas columnas españolas se han puesto en movimiento para cortarnos la retirada hacia el Océano PacÃfico. Os aconsejo, pues, en interés común, que abandonemos cuanto antes a Nueva Granada y nos dirijamos a la playa. Todo lo que nos era dado tomar, ha caÃdo en nuestras manos.
—Poca cosa en realidad —dijo Raveneau de Lussan—. El saqueo no ha producido más que ochenta mil doblones.
—Algo más cogeremos durante la retirada —insinuó Grogner—. En nuestro camino incendiaremos ciudades, villas y aldeas.
—Estoy dispuesto a marchar —dijo el conde—. Por mi parte, solo conservaré un prisionero: el marqués de Montelimar.
—Nosotros guardamos a treinta peces gordos de la población que nos valdrán a su tiempo un buen rescate —repuso Grogner—. Nos serán utilÃsimos en el caso de que intentemos hacer una demostración naval contra Panamá. Señor de Lussan, dad la orden de retirada. Debemos llegar a las selvas antes de que las cincuentenas españolas, que ya estarán en marcha, caigan sobre nosotros.
No habÃa transcurrido media hora cuando los filibusteros, que en medio de tantos combates solo perdieron doce hombres, e hicieron verdaderos estragos entre los habitantes, hallábanse dispuestos a abandonar la ciudad.