El hijo del Corsario Rojo

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Aparte de los prisioneros, habíanse apoderado de un cañón, para defenderse de los ataques que esperaban durante su retirada al Océano Pacífico.

Con el objeto de engañar mejor a las tropas lanzadas tras sus huellas, decidieron marchar hacia el septentrión, país más fértil y que podía ofrecerles mayores recursos.

A las ocho de la mañana, los cuatro minúsculos cuerpos de ejército, después de volar otra ala de la fortaleza, salieron de la ciudad, refugiándose bajo las inmensas selvas que entonces cubrían gran parte de la América Central y que se hallaban ocupadas por algunas tribus de indios, libres milagrosamente de la dura esclavitud.

Hombres acostumbrados a guerrear continuamente, presentían al enemigo.

En efecto, a diez millas de Nueva Granada, una columna compuesta de dos mil quinientos soldados, procedente de Panamá, les asaltó en campo raso, tratando de rodearlos.

Algunos cañonazos bastaron para que los españoles se retirasen.

Dos horas más tarde, cerca del pueblecillo de León, distante pocas leguas de Nueva Granada, intentaron detenerlos quinientos lanceros; un ataque furioso, dirigido por el conde de Ventimiglia y por Raveneau de Lussan, los dispersó.


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