El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo No acabaron aquí los contratiempos de los filibusteros. Los indios, por orden del gobernador de Panamá, incendiaron bosques y plantaciones, para hacerles morir de hambre; además les atacaban a flechazos.
Cerca de Ginandejo, los españoles, ocultos en un desfiladero, enviaron a unos cuantos habitantes con el encargo de que invitasen a los filibusteros a descansar en sus factorías, ofreciéndoles víveres y vino en abundancia.
La estratagema no dio resultado. Los filibusteros, furiosos, causaron grandes estragos en las cincuentenas, saquearon el pueblo y luego lo incendiaron, para castigar a los moradores por su complicidad en la asechanza.
Después de catorce días de marchas continuas, de combates incesantes, llegaron al fin los filibusteros, hambrientos y medio desnudos, a las playas del Océano Pacífico, frente a la isla de Taroga, en la cual esperaban encontrar a otros compañeros llegados del Atlántico.