El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo También los hombres de Tusley y de Grogner abordaron la nave y se esparcieron, con ímpetu irresistible, por los puentes, luchando como leones desencadenados.
Los españoles, replegados a proa, cruzaron a la carrera la toldilla y se refugiaron en el alcázar, pero la lluvia de bombas lanzadas por los filibusteros y gavieros desde las cofas de los dos buques, llegó hasta allí causando pánico indescriptible.
Nada pudo el valor de los españoles contra aquel diluvio de fuego y contra el choque formidable de los corsarios familiarizados con las victorias estrepitosas; la bandera fue arriada entre las aclamaciones de los filibusteros, a quienes la fortuna sonreía una vez más.
De ciento veinte hombres que tripulaban la fragata, ochenta habían caído muertos o gravemente heridos.
Una vez desembarazados del enemigo más peligroso, los filibusteros, después de dejar algunos centinelas en la fragata, volvieron a sus buques, los cuales, durante aquel formidable cañoneo, solo habían sufrido pequeños daños, y emprendieron la caza de los dos barcos auxiliares, tripulados por numerosos adversarios.