El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Seguidme, señor —dijo—. Mi amo os espera…
El conde le entregó la suma ofrecida y subió los escalones, seguido siempre de los aventureros.
Después de atravesar varios salones, fueron introducidos en un gabinete iluminado por dos gigantescos candelabros de plata y amueblado con severa elegancia.
Un hombre de aspecto distinguido, que frisaba en los cuarenta años, con barba negrÃsima, que formaba vivo contraste con el blanco coleto usado en aquella época, paseaba por el gabinete, golpeando nerviosamente el suelo con la vaina de la espada.
El conde quitóse el sombrero e hizo al mismo tiempo una ligera inclinación. Los tres espadachines le imitaron y después se apoyaron en la puerta para evitar que entrasen importunos.
—¿Sois don Juan de Zabala? —preguntó el conde.
—En persona —respondió el consejero—. Me han dicho que tenÃais que comunicarme noticias preciosas de parte del Presidente de la Real Audiencia.
—Es verdad, señor.
—Hablad; pero… —dijo señalando a los tres aventureros.
—Luego os enteraré de quiénes son —repuso el conde—. Pueden asistir a nuestra conferencia.
—Empezad, pues.