El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo El gascón arrojó el arcabuz, humeante todavía, y se puso en pie empuñando dos pistolas de grueso calibre.
Una bala le silbó en el oído izquierdo, hiriéndole en la oreja. Medio milímetro más y las hazañas del gascón habrían terminado allí.
Otro jinete llegaba al galope, dispuesto a salvar el obstáculo.
El gascón disparó dos pistoletazos, y caballo y jinete se precipitaron en la hendidura, estrellándose contra el fondo de piedra.
Los otros cuatro españoles, aterrados, volvieron las espaldas y subieron de nuevo la colina a rienda suelta creyendo de buena fe tener que habérselas con uno de aquellos terribles filibusteros invencibles por la protección del diablo.
El gascón aguardó a que llegasen a la cumbre de la colina; después montó a caballo y emprendió la marcha al trote corto, a través de los plantíos de caña, prometiéndose alcanzar más tarde el camino que conducía a Panamá.