El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Han caÃdo prisioneros —contestó Barrejo, descorchando rápidamente una botella—. He corrido seis leguas al galope y me muero de sed.
—¡Prisioneros! —exclamó la tabernera, con dolor—. ¿También el conde?
—SÃ, señora —respondió el gascón, descargando sobre la mesa un puñetazo formidable—. Pero aún queda el rabo por desollar. Necesito una chalupa, cueste lo que cueste.
—Aquà hay marineros que podrán proporcionárosla.
—Buscadme una, provista de vela, Panchita, y os quedaré muy agradecido. Se trata de salvar al conde.
—Aguardad mi respuesta —contestó la tabernera.
El gascón devoró los fiambres que le habÃa llevado a la vez que las botellas murmurando y renegando tras cada vaso de vino que vaciaba.
Al fin se presentó la tabernera.
—¿Qué noticias me traes? —preguntó el gascón.
—La chalupa es vuestra —repuso Panchita—. Un pescador ha consentido en venderla.
—¿Dónde está?
—A la entrada del puerto.
—¿Cuánto?…