El hijo del Corsario Rojo

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—No os ocupéis de eso, caballero —interrumpió Panchita con cara sonriente.

—Sois una mujer incomparable —dijo Barrejo, cogiéndole un pellizco—. Si escapo de la muerte, palabra de gascón, os hago la señora de Lussac, si aceptáis mi mano.

—¿Y por qué no? —repuso la bella viuda—. Un de vale tanto como un título de nobleza.

—Y los de Lussac son de la nobleza rancia de Gascuña… Abur, linda sevillana, tengo prisa en este momento, pero que Dios me confunda si no vuelvo a buscaros. ¿Dónde está el pescador?

—Venid caballero —contestó la dueña de la taberna.

En la puerta de la calle encontraron a un marinero.

—He aquí al señor que ha adquirido vuestra barca —dijo Panchita—. Ya está satisfecho su importe.

El pescador miró atentamente al gascón; luego, satisfecho del examen, encasquetóse el sombrero de paja, diciendo:

—Seguidme, señor; encontraréis la chalupa lista…

Barrejo cambió con la tabernera una mirada rápida y salió tras el pescador.


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