El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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CAPÍTULO IV

EN BUSCA DEL CONDE DE VENTIMIGLIA

El hijo del Corsario Rojo, siempre seguido de Mendoza y del mulato, que no parecían muy asombrados del mal aspecto que tomaba la aventura, subió apresuradamente los peldaños.

Como dijo la marquesa, aquella escalera había sido construida en el espeso del muro y probablemente debió servir para ocultar los tesoros del palacio sustrayéndolos a las ávidas pesquisas de los filibusteros y bucaneros, que ya más de una vez habían saqueado a Santo Domingo.

Era, sin embargo, tan estrecha, que en ocasiones Mendoza, el más grueso de los tres, se vio apurado para subir.

La ascensión duró cerca de dos minutos; luego los tres corsarios encontráronse en una pequeña estancia, o mejor dicho, en una especie de bohardilla, iluminada por una sola ventana, bastante grande para que pudiese pasar por ella un hombre.

—¿Dónde nos hallamos? —preguntóse el conde.

—En algún nido de búhos —contestó Mendoza—. Desde aquí se ven todos los tejados.

—Esta debe de ser una de las cuatro torrecillas que coronaban el palacio —observó Martín.

—Nos hemos convertido en aguiluchos, camarada.


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