El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Los hombres de mar, visitando muchos paÃses, pierden el acento de su propio idioma; además, he vivido largas temporadas en Italia.
—Por eso habláis tan dulcemente. ¡Ah, Italia! También yo la he visitado en mi juventud. ¿Y venÃs ahora?…
—De Veracruz, marquesa.
—¿Después de haber corrido tal vez algunas aventuras?
—No, marquesa: una tempestad y un par de abordajes con dos barcos filibusteros.
—Que habréis echado a pique, supongo.
—Los he remolcado, marquesa, con las tripulaciones colgadas de los mástiles.
—Y ahora, ¿adónde vais?
—Me detengo aquà para defender a Santo Domingo.
—¿Estamos amenazados?
—Se dice que los bucaneros, de acuerdo con los filibusteros, preparan un golpe de mano contra esta ciudad; pero se encontrarán en el camino con los cincuenta cañones de mi «Nueva Castilla», y os aseguro, marquesa, que les haré…
El conde se detuvo bruscamente, volviéndose de espaldas.