El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Sobre todo, son admirables por sus flores, de contextura aterciopelada y color blanco ligeramente veteado de rosa y púrpura del más hermoso efecto, y por sus tallos espinosos, que suelen causar heridas incurables.

Abriéndose paso a golpes de remo y a cuchilladas con los espadones, no tardaron los dos náufragos en llegar a un islote de cincuenta o sesenta metros de circuito y cubierto de plátanos, de los cuales pendían enormes racimos de frutos, que ya conocía y apreciaba Alvaro desde que estuvo en África.

—Nos esconderemos debajo de aquellas hojas enormes —dijo al muchacho, que comenzaba a dar señales de cansancio.

—Creo que ya es tiempo de saltar a tierra —respondió García—. Sea que esté inservible la canoa, sea que la hayamos arreglado mal, lo cierto es que hace agua por todas partes, y tengo los pies enteramente empapados.

—La arreglaremos mejor con otra estopa. ¡Pardiez; este islote es un verdadero Paraíso, y vamos a darnos un buen hartazgo de plátanos! Supongo que los de América no serán menos sabrosos que los de Asia y África.

—Y también tenemos pájaros, si queremos regalarnos. Y con un asado mejor que el de esta mañana.

—Pero ¿te has olvidado de los indios? Si en este momento oyesen un disparo, tardarían muy poco en presentarse. ¡Tienen demasiada afición a la carne blanca!


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