El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—Se imaginarán que es carne de pollo —respondió el muchacho haciendo esfuerzos para reírse.

Amarraron la canoa a la orilla y desembarcaron, conduciendo las armas y las municiones.

El islote estaba cubierto de espesísima hierba y grupos de árboles que proyectaban una sombra deliciosa. Bandadas de preciosos trochilus minimus, los más pequeños de los pájaros moscas, revoloteaban alrededor de sus nidos, que tenían figura de cono invertido, trinando y batallando unos con otros con gran ardor, pues no por ser pequeños dejan de ser tan belicosos como los otros volátiles.

—Aquí estaremos bien —dijo Alvaro—, y podremos esperar, sin aburrirnos demasiado, a que se vayan los indios.

—Pero tenemos que resolver la eterna cuestión de la comida —dijo el mancebo—, cosa nada fácil en tan pequeño espacio de tierra.

—Pero ¿no sabes que tengo anzuelos?

—¡Ah! ¡Es verdad; lo había olvidado!

—Vamos a dar una vuelta a nuestra posesión, y después echaremos los anzuelos. Entre estas hierbas seguramente encontraremos gusanos.


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