El hombre de fuego
El hombre de fuego Recorrieron la orilla del islote dando golpes en los matojos con las culatas de los arcabuces, para cerciorarse de que en ellos no había serpientes escondidas. Detuviéronse después cerca de un pequeño cañaveral mirando con atención al agua.
—He visto pasar ciertas sombras entre las hojas de las plantas acuáticas —dijo Alvaro—. Me parece que no faltan peces en esta laguna.
El muchacho había recogido ya algunos gusanos, y también había sacado un largo hilo del tejido del cinturón que llevaba para sujetarse los calzones. Cortaron dos cañas, prepararon los anzuelos y los lanzaron entre las anchas hojas de las victorias, que hacían en las profundidades del agua bastante sombra, para engañar a los peces.
Dos tirones les avisaron bien pronto que tenían segura la cena.
Fueron recogiendo poco a poco los hilos de los anzuelos, y sacaron dos gruesas irairas, peces que viven en las lagunas y que tienen boca grandísima armada de dientes muy agudos, y dorso negro.
Animados por el buen resultado, volvieron a echar los anzuelos, cuando fueron sorprendidos por un rugido extraño y prolongado que parecía salir del agua, y tan fuerte como el de un león.
—¿Habéis oído, señor Alvaro?
—¡Seguramente! ¡No estoy sordo!