El hombre de fuego
El hombre de fuego Encontrar frutas seguramente era más fácil que hallar un riachuelo o un torrente, pues era bastante seco aquel terreno, por más que estuviera protegido por aquella maraña de hojas inmensas y de festones de lianas; asà es que GarcÃa, que no se atrevÃa a alejarse mucho y tenÃa prisa por construir la almadÃa, se puso a examinar las plantas.
HabÃa andado doscientos o trescientos pasos, cuando se detuvo ante un árbol enorme, frondosÃsimo y cargado de frutas gordas como calabazas y de cáscara amarillenta, áspera y llena de protuberancias.
—¡Ojalá sean comestibles estas frutas! —murmuró el joven.
HabÃase agarrado a una liana que pendÃa de una de las ramas, cuando un ruido extraño que partÃa de un espeso grupo de plantas herbáceas e hizo detenerse.
—¿Habrá indios por aqu� —se preguntó con ansiedad.
El ruido iba en aumento. Más que de un hombre, aquel ruido parecÃa provenir de algún animal que crujiese los dientes o que los golpease unos contra otros. Aunque, como ya hemos visto, GarcÃa poseÃa un valor verdaderamente excepcional para un muchacho de su edad, sentÃa que le palpitaba violentamente el corazón, como si fuera a salÃrsele del pecho.