El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—Sin embargo, aun estamos demasiado cerca de la costa para detenernos aquí —dijo García—. Imitemos, señor, a los monos, si no os parece mal. A lo menos, así no dejaremos rastro y no les será fácil a los indios seguirnos.

—¡Tu consejo es bueno, muchacho! ¡Imitemos, pues, a los monos!

Viendo que el avance por tierra era imposible, se agarraron a los festones de bejucos y emprendieron su marcha aérea, a pesar de lo mucho que les molestaban las municiones y las armas con que iban cargados.

Saltando y gateando de rama en rama y agarrándose a las plantas trepadoras habían ya avanzado un centenar de metros, cuando un ruido súbito los hizo detenerse.

Un espantoso griterío en que se percibían agudísimos chillidos resonó de pronto en medio de la selva, turbando el silencio que en ella reinaba momentos antes.

Los gritos eran atroces, angustiosos, como de gente a quien estuvieran degollando o sometiendo a terribles torturas.

—¡Señor! —exclamó el muchacho, que se había puesto a horcajadas en una rama—. ¡Están matando a alguno!

—¿A alguno, dices? ¡Me parece que a varios!

—¿Habrá alguna tribu de indios en esta selva?

—¡Me lo temo, García!


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