El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—¡Y estarán entreteniéndose en torturar a los prisioneros antes de asarlos!

—Pero ahora cantan los prisioneros —exclamó Alvaro, que escuchaba con gran atención.

Los lamentos habían cesado de repente, y en vez de ellos se oía una extraña salmodia, como si se hubiese refugiado en la selva una comunidad de frailes.

Alvaro dirigió una mirada al muchacho.

—¿Cantan, o es ilusión mía?

—Se diría, señor, que los indios están rezando.

—Ahora se oye otro ruido ¿Qué será?

Ya no era una salmodia, sino golpes sonoros, como los que haría una turba de leñadores cortando troncos de árboles, y a este ruido se mezclaba otro como de agua que se despeña.

—¡Es imposible que sean indios los que hacen esa bulla! —dijo Alvaro—. ¡Calla! ¡Ahora vuelven a oírse los lamentos y los cantos! ¡Quiero saber quiénes son esos concertistas!

—¿Quiénes os imagináis que son?

—No lo sé; pero de seguro no son hombres. ¡Vamos a verlo!

Persuadidos de que no iban a encontrarse con salvajes, volvieron a emprender su marcha aérea entre una espantosa algarabía de aullidos, lamentos, gritos, cantos y golpes sonoros que cada vez iban en aumento.


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