El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Los autores de tan extraño concierto no podían estar muy lejos.

Los náufragos avanzaban muy despacio y con grandes precauciones, ignorando aún si eran hombres o animales los que producían aquel estrépito.

Después de adelantar unos doscientos metros hicieron alto.

En la cima de un árbol enorme que crecía en medio de un pequeño claro del bosque estaban reunidos los coristas. Aquel árbol era una soberbia summameira, uno de los más colosales representantes del reino vegetal que se encuentran en las selvas brasileñas: de corteza blanquísima y ramas nudosas colocadas simétricamente respecto al tronco, el cual está rodeado en su base de gruesas raíces que arrancan de él a una altura de ocho o diez pies del suelo a modo de puntales o espuelas, formándose debajo de ellas una especie de huecos o compartimientos en cada uno de los cuales caben dos o más personas.

Una carcajada de Alvaro puso término a aquel extraño concierto. Asustados los músicos, habían desamparado el tronco del gigantesco vegetal y se habían guarecido en el ramaje.

—¡Monos! —exclamó el muchacho—. ¿Cómo tendrán la garganta esos bichos para imitar tan perfectamente a los frailes cuando rezan o a los judíos cuando cantan en sus sinagogas?


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