El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Los coristas, eran, efectivamente, monos; simios de los llamados guaribas, de pelaje oscuro, y con las manos, la cabeza y la cola negrísimas.

Al ver a los náufragos se dispersaron trepando alas ramas del árbol y manifestando su cólera por medio de roncos gruñidos. Después se agruparon alrededor de un viejo macho, el director dé la orquesta, y con sorprendente agilidad saltaron a otro árbol próximo y desaparecieron en la espesura.

—¡Pueden jactarse de habernos hecho pasar un mal cuarto de hora! —dijo García riendo—. ¡Buena manera tienen de asustar a la gente que pase por la selva! ¡Habría jurado que estaban martirizando a prisioneros!

—Y yo también, García —contestó Alvaro—. Si permanecemos mucho tiempo en esta selva, habremos de ver cosas muy notables. ¡Ah; mira los huecos que hay en ese árbol! Tomaremos posesión de uno de ellos para pasar la noche, pues ya se está poniendo el sol.

—¿Y la cena, señor? Aquellas peras eran exquisitas; pero ya tengo el estómago vacío.

—Buscaremos frutas.

—Yo preferiría una magras.

—¡Ah, glotón! ¡Eres un poco exigente, rapaz!!

—Pero estoy seguro de que no las despreciaríais, señor Correa.


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