El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—No me atrevo a asegurarte lo contrario; pero, por desgracia, esas chuletas que ambicionamos están muy lejos, y tendremos que contentarnos con cualquier fruta. Desde aquí veo una planta que nos proporcionará con qué cenar —dijo.

Agarrándose a un bejuco descendió del árbol en que estaba. Ya había tocado el suelo, cuando García le vio dar un violento salto atrás haciendo un gesto de horror.

—¡Señor Alvaro! —gritó el muchacho—. ¡Oh!, ¡qué horroroso animal!

—¡Una serpiente!

—Parece un sapo. Pero ¡qué sapo!

Un bicho repugnante salió de entre las hojas secas dando saltos y huyendo de Alvaro. Era uno de esos sapos de mina tan abundantes en las húmedas selvas brasileñas, del tamaño de un sombrero, armado de cuernos y con la piel manchada de negro y amarillo.

—¡Qué animalucho! —exclamó García—. ¡No he visto nada más repugnante!

—Estoy conforme —contestó Alvaro dándole una patada para hacerle huir más aprisa.

—¿Y aquellos animales que saltan como si tuviesen resortes en las platas? ¿No los veis, señor? ¡Dios mío! ¡Nunca he visto ranas de esa clase!

—¿Ranas?

—Pero ¡señor Alvaro, qué saltos tan cómicos!


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