El León de Damasco
El León de Damasco El robusto turco la miró impasible y, cruzándose parsimoniosamente de brazos, respondió con sereno acento:
—Si la sobrina de AlÃ-Bajá desea ver a un hombre saltar en el espacio y estrellarse contra los escollos, realizando en el aire una soberbia curva, puede decirlo. Estoy presto a saltar.
Se habÃa subido al parapeto y examinaba despectivamente los escollos en que estaba dispuesto a estrellarse a un mandato de su señora.
—A tus órdenes… ¿Qué valor tiene una vida si en CandÃa millares y millares de cristianos y turcos son muertos por las minas o los proyectiles, por las espadas o las cimitarras? Allà se muere alegremente en busca de las hurÃes del Profeta, al igual que más de cincuenta mil compatriotas.
—¡Estás loco! —dijo Haradja, cogiéndole con fuerza por un brazo y haciéndole bajar—. ¿Está preparada mi galera?
—Hace ocho dÃas.
—¿Y mis armas y mi armadura?
—En la cámara de popa.
—En marcha, Metiub. Si no puedo apresar de momento al León y a su mujer, cogeré por lo menos, a su padre. El pequeño debe haber sido raptado en Venecia y tal vez se halle en poder de mi tÃo.
—¡Si lo encuentras vivo!…