El León de Damasco
El León de Damasco Haradja habÃa callado. Muy pálida, erguida ante el parapeto de la terraza, sobre el abismo en cuyo fondo sonaba con fuerza la resaca, pasábase con nerviosismo una mano por sus largos cabellos, como si quisiese alisárselos. Su hermosÃsima frente aparecÃa ensombrecida, como si una terrible tempestad hubiese estallado en el cerebro de aquella enigmática joven.
—¿Me has comprendido, señora? —insistió el capitán con un gesto de impaciencia—. ¿Dejaremos huir al padre del valiente guerrero que debiera haber sido tu marido hace cuatro años?
Haradja, sin dejar dé alisarse los cabellos, lanzó un suspiro.
—¡Ah! ¡Los recuerdos de otras épocas!…
—¿En quién estás pensando, señora? —inquirió con cierto tono irónico el turco—. ¿En el León de Damasco, o en el bello capitán que se casó con él y que, a pesar de ser mujer, me dio una magnÃfica estocada? Cierto es que aquella joven se hizo célebre en Famagusta con el nombre de capitán Tormenta.
La joven experimentó un temblor, la sangre acudió a su semblante y en sus ojos brillaban fieros destellos, igual que en los del jenÃzaro. Se volvió hacia el capitán y, con temblorosa voz, exclamó:
—¿Acaso te hartas, Metiub, de contemplar las terrazas del castillo de Hussif?