El León de Damasco

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Todo aquel día transcurrió de la misma forma, sin que cesara el cañoneo, que ocasionaba mayor perjuicio a los turcos, por encontrarse menos resguardados que los venecianos, no interrumpiéndose el fuego ni siquiera por la noche, aunque durante ella no fue tan intenso.

Al alba, y como una consigna, dejaron de disparar los cañones turcos, y al poco rato el mensajero del día anterior se dirigía al galope hacia la ciudad llevando su lanza adornada con una gran bandera blanca de seda. También los venecianos cesaron sus disparos.

Y al igual que el día anterior, el caballero mahometano lanzó su reto con voz rotunda y sonora bajo uno de los más salientes reductos. Al gritar por segunda vez su desafío, Muley se hallaba con su mujer, los dos provistos de todas sus armas y detrás de una arpillera.

—Ve a comunicar a Haradja —gritó— que hay una cristiana decidida a luchar con la sobrina de Alí-Bajá y un capitán cristiano dispuesto a combatir con un guerrero turco.

El turco bajó la bandera, con un saludo, y partió a todo galope, cruzando por segunda vez junto al reducto de los Alberoni, que, al parecer, tenía para él un raro interés.

Muley se volvió hacia el conde Morosini, que tenía a su cargo la defensa de Candía, y le indicó:


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