El León de Damasco
El León de Damasco —Una mujer que concibió una innoble asechanza… No era con escolta como debÃa acudir.
—Acaso esté en lo cierto el León de Damasco. En los desafÃos, lo primero es la lealtad. Voy a realizar lo que me encomiendas. De aquà a diez minutos habré regresado.
—Aquà te espero.
Al poco rato Muley vio aparecer por una rampa del reducto a Metiub, montado en su corcel, que habÃa sabido reunirse con él, empuñando una espada recta.
—¿Qué deseas? —le interrumpió Muley.
—Vengar a mi señora —contestó el capitán.
—Me lo imaginaba. Pero por el momento el visir no ha aceptado la tregua.
—Combatiremos a pesar de que prosiga el bombardeo. El León de Damasco no puede ya temer las balas.
—Jamás me atemorizaron.
—Ahora te protege la cruz.
—Y a ti la Media Luna. Comprobaremos qué protección es más efectiva.
—¿ConfÃas en poder acabar conmigo?
—SÃ, con la protección de la cruz.
—Ahà llega el mensajero.