El León de Damasco
El León de Damasco En efecto: a galope tendido llegaba desde el campamento turco un guerrero que portaba una bandera blanca en la lanza; pero no se trataba de un caballero cualquiera, y menos aún de un soldado, sino que era un jut-basci, es decir, un coronel.
—Aguardémosle, Muley. De todas maneras no perderás nada por esperar, ya que estoy decidido a batirme aunque se inicie de nuevo el cañoneo: un capitán de armas que no acepta un desafÃo queda deshonrado para toda su vida.
—Espero.
El coronel, hombre apuesto y de altivo aspecto, con imponentes bigotes y vestido de seda verde recamada en oro, se acercó a los dos campeones y en firme tono de voz, dijo:
—La tregua está aceptada. Las leyes del Honor y de la CaballerÃa son también sagradas entre nosotros.
—Ya lo comprobé ayer. Tal vez por eso escondisteis aquella treintena de hombres en el reducto.
—Nosotros, no. Eso serÃa cosa del Gran Almirante con el fin de salvar a su sobrina… No obstante, está mal hecho. ¿Deseáis batiros? Yo seré testigo, con los venecianos que os contemplan desde el bastión.
—¡Un turco contra un turco! ¡Asà estaba escrito!
—¡A un lado! —le gritó Muley.