El León de Damasco
El León de Damasco Al día siguiente, al despuntar el sol, en todas las torres de la plaza se izaron banderas blancas en señal de tregua. Los turcos, al verlas, interrumpieron el fuego, y un caballero se aproximó a todo galope al bastión e inquirió con arrogancia si la ciudad se entregaba. Muley se presentó ante él con la espada desenvainada.
—¿Quién eres y qué deseas? —indagó el otro.
—¡Soy el León de Damasco!
—¡El renegado!…
—¿Qué importa?
—¿Qué quieres?
—Que suspendan los turcos el fuego hasta culminar el desafío.
—¿No concluyó ya?
—No; únicamente combatieron la cristiana y Haradja. Ahora me corresponde a mí enfrentarme al capitán de armas del castillo de Hussif. Ha llegado mi turno.
—¿No resultó herida la sobrina del bajá?
—Sí, pero está viva. Ve a comunicar al visir que si no acepta esta tregua, antes que se ponga el sol no quedará piedra sobre piedra del reducto y perecerán todos los que están refugiados en sus casamatas.
El turco palideció intensamente:
—¡Matar a una mujer…, y herida!