El León de Damasco
El León de Damasco Mientras pronunciaban estas palabras, el capitán lanzaba tajos al León, el cual se limitaba a parar para observar la forma de combatir de su adversario; de improviso juntó su espada a la del mahometano y envió una estocada que casi no tuvo ocasión de detener Metiub.
Los caballos, conducidos más bien con las rodillas que con las riendas, avanzaban y retrocedían, dando vueltas a un lado y otro, semejando combatir también. Tal vez sin el freno se hubiesen lanzado bocados por su parte: eran también de diferentes razas.
Durante algunos instantes prosiguieron los dos rivales observándose, amagando más que atacando a fondo; después empezaron ambos a asestar una gran lluvia de tajos, estocadas y mandobles, en tanto que se gritaban con furia:
—¡Para esta!…
—Parada está. Y tú detén esta.
—¡Toma, renegado!… ¡Vaya! La cruz te protege.
—¡Pide ayuda al Profeta!
—¡No es preciso! ¡Toma!
—¡Y tú!
El León de Damasco, deseoso de concluir el duelo, se había lanzado a fondo, asestando tal estocada a Metiub que a poco más le hace caer del caballo.