El León de Damasco
El León de Damasco —¡Por el Profeta! —exclamó el capitán, poniéndose al instante en guardia—. ¿Quién te enseñó esa soberbia estocada?
—Mi mujer.
—¡Siempre el capitán Tormenta! ¡Qué no conocerá la cristiana en lo tocante a esgrima! Si mi coraza no fuese magnÃfica, me habrÃas traspasado el corazón.
—Exacto.
—EntregarÃa cien cequÃes por aprender a lanzarla.
—¿Y de qué iba a servirte si te voy a matar?
—Ya veremos, ahora me toca a mà jugar.
—¡Juego turco! ¿Qué valor tiene frente al italiano y el francés?
—Vas a saberlo a tu costa.
Hizo que su caballo diera unos pasos atrás y avanzó de improviso, empezando a tirar a su enemigo una serie de estocadas cerradas, imponentes a su entender. Pero con gran sorpresa observó que ni una vez conseguÃa tocar la armadura de Muley.
—¿Acaso tú también eres invencible? —bramó—. No obstante, he jurado a mi señora matarte y te mataré, a pesar de que haya de morir yo a la vez.
En aquel instante surgió una voz de entre los venecianos que se aglomeraban en el bastión contemplando el duelo.
—¡La estocada recta, Muley! ¡Acuérdate!