El León de Damasco
El León de Damasco Era la voz de la duquesa, que se hallaba anhelosa e impaciente por el resultado de la lucha.
Todavía vibraban en el aire las últimas sílabas cuando el capitán de armas se desplomó sobre el caballo, dejó caer la espada y lanzó una sofocada maldición. El León de Damasco, al acabar de detener un tajo de su rival, con una estocada recta, posiblemente secreta, le había atravesado la gola, clavándole el acero en el cuello.
—¡Vencido! ¡Vencido! —clamaron mil voces con desenfrenada alegría—. ¡Viva el León de Damasco!
—¡Muy bien, mi señor! —gritó la duquesa, con voz vibrante.
Metiub, a pesar de la terrible estocada, que acaso le había herido de muerte, se mantuvo en la silla. La sangre empezaba a manar, manchando el reluciente arnés. Muley desmontó del caballo y se dirigió al herido, preguntándole:
—¿Te rindes?