El León de Damasco

El León de Damasco

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El capitán de armas contestó con los talones: apretó los ijares al corcel, y este, obediente a la presión, como si comprendiese que su jinete le pedía que le salvase, se encabritó, giró, manteniéndose sobre las patas traseras, dio un soberbio salto y avanzó rápidamente en dirección al campamento mahometano. Metiub se cogió al cuello del inteligente animal. El coronel se acercó al León cuando este montaba con la intención, si bien con escasas esperanzas, de alcanzar a su adversario.

—Perdónale, ya que le has derrotado. Tal vez se halle herido de muerte.

—Pero no se rindió y huye.

—Es su corcel quien le arrastra.

—No sois leales. Venís a retar y os fugáis o preparáis alguna trampa.

En aquel momento salió de un bastión un caballero, cuyo arnés, al ser alcanzado por los rayos del sol, despedía fúlgidos destellos. Aquel hombre era el conde de Morosini.

—Señor —dijo al turco cuando estuvo a suficiente distancia para que le pudiera oír—, abusáis en exceso de nuestra caballerosidad. ¿Por qué no habéis forzado al herido a rendirse?

—Ha escapado como una exhalación —adujo el coronel—. ¿Quién habría podido retener aquella tromba?


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