El León de Damasco
El León de Damasco —¿Y qué me decÃs de los hombres ocultos en el foso del reducto?
—Quizá sea cosa del bajá, que parece divertirse provocando inconvenientes al visir, y tal vez con el objeto de ponerle en mala situación en Constantinopla.
—¡Hum! Voy a daros un encargo.
—Hablad, capitán.
—Id a decir a AlÃ-Bajá que si desea ver de nuevo a su sobrina, habrá de ser con una condición. OÃdme atentamente: si no acepta, aseguradle que a cañonazos o con una mina haré volar el reducto con todos sus ocupantes. ¿Entendido?
—Perfectamente. Proseguid, señor.
—El almirante retiene al hijo de la cristiana que ayer derrotó a su sobrina.
—Lo he oÃdo.
—Pues bien: comunicad al bajá que si me entrega a la criatura, dejaré que su sobrina abandone el reducto.
—¿Con vida?
—Con vida, puesto que aseguran que su herida no es demasiado grave.
El rostro del turco resplandeció de alegrÃa.
—¿Garantizáis que no ha muerto?