El León de Damasco
El León de Damasco —Anoche —intervino Muley, acercándose— se encontraba todavÃa con vida, pero me imagino que en el reducto no se le podrán proporcionar los cuidados adecuados.
—¿Me dejáis diez minutos?
—Os concedo veinte; pero si transcurrido ese lapso no venÃs, las culebrinas del bastión arrasarán el reducto, y en tanto que dispongamos de balas y pólvora no os permitiremos aproximaros a él, y gracias a Dios disponemos de ambas cosas en abundancia.
—¿No me mataréis por la espalda?
—Nosotros no somos mahometanos —dijo el conde despectivamente—. Somos guerreros que luchamos lealmente. Podéis marchar, coronel.
El turco, algo turbado, puso al galope el trotón árabe y partió como alma que lleva el diablo.
—¿Suponéis, señor conde, que estará conforme Alà con este cambio? —inquirió con recelo Muley.
—Tengo la certeza de que sÃ. Aprecia demasiado a su sobrina para dejarla morir en el reducto.
—¿No maquinarán los turcos alguna otra traición?