El León de Damasco
El León de Damasco —Los artilleros están prevenidos y tienen orden de abrir fuego sin compasión ni miramientos. Os garantizo que no se atreverÃan a adentrarse en la llanura para ser el blanco de nuevos disparos. Han avanzado todavÃa muy poco en su asedio a pesar de que ha pasado más de un año desde que nos cercaron. ¿Deseáis avanzar hacia el reducto?
—¡Siempre que no nos reciban con una descarga!…
—Tendrán buen cuidado de no hacerlo, ya que en tal caso nuestras culebrinas nos vengarÃan.
El valeroso veneciano espoleó a su montura, algo famélica, en verdad, puesto que en CandÃa escaseaba el heno, acompañado del León de Damasco. No se distinguÃa alma viviente; volvieron grupas sin que se les disparara un tiro y avanzaron hacia al bastión de Malamocco. Ya estaban a punto de llegar cuando hicieron pararse a sus caballos al escuchar tras ellos un desenfrenado galope.
Cuarenta o cincuenta corceles, conducidos por unos cuantos musulmanes, cruzaban el llano. Delante iba el coronel, llevando en sus brazos un niño.
—¡Mi hijo! —exclamó Muley—. ¡Al fin voy a poder abrazarle al cabo de un año!