El León de Damasco
El León de Damasco La criatura lucía ropas venecianas, vistiendo un trajecito azul adornado con blondas. Su oscura cabellera, sin toca alguna y bastante larga, flotaba al aire agitada por el viento. El León de Damasco y el conde avanzaron al encuentro del coronel, en tanto que los caballos se detenían en la otra parte del reducto.
—Salud, señores. León de Damasco, aquí tenéis. He cumplido mi palabra. Y ahora que Alá os proteja.
Y el coronel volvió grupas y partió a la carrera, a la vez que escapaban a todo galope los refugiados en el reducto. Uno de los jenízaros llevaba con él a Haradja.
—¡Enzo! —exclamaba Muley, contemplando al niño, que le miraba con ojos de terror—. ¿No recuerdas ya a tu padre?
Le estrechaba entre sus brazos y le llenaba el rostro de ardientes besos, en tanto que los turcos se alejaban en desenfrenada carrera, como si temiesen alguna traición. Tan veloz fuga comenzó a inspirar al conde un vago recelo.
—¿Hace mucho tiempo que no veíais al pequeño? —indagó.
—Pasa del año, conde.
—¿Es realmente vuestro hijo?
—¿Quién pretendéis que sea?
—Vamos en seguida a reunimos con la duquesa.