El León de Damasco

El León de Damasco

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Avanzaron al galope, y en breves instantes se hallaban en el puente levadizo del bastión. Leonor se lanzó a su encuentro.

—¡Enzo! ¡Enzo! ¡Hijo mío! —exclamó.

—Tenlo. Al fin le hemos recobrado.

—Di algo a tu mamá, Enzo, hijito. Di alguna cosita a mamá.

Y le abrazaba y le besaba, no cansándose de contemplarle. El niño la miraba con sus grandes ojos negros, en los que se advertía el terror, al igual que había mirado antes a Muley. Pero no pronunciaba una palabra.

—Señora —intervino el conde—, ¿tenéis la absoluta seguridad de que es vuestro hijo?

—¡Dios mío!… ¡Conde!

—Examinadle detenidamente.

—Aunque hace quince meses que no le veo…

—Mirad bien el pelo, los ojos, la boca… Cuando os separasteis de él, ¿hablaba ya?

—Sí…, pero…

El capitán general, como respuesta, desenvainó el puñal que llevaba a la cintura, lo hizo brillar ante los ojos del pequeño y le dijo en perfecta pronunciación turca:

—¡Habla o te mato!

Sidi, aman[4] —repuso el niño.

—¡Es turco!…


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