El León de Damasco

El León de Damasco

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Los capitanes estallaron en furiosos comentarios, en tanto que la duquesa, poniendo al pequeño en el suelo, rompía a llorar desconsoladamente.

—¡De nuevo nos han engañado esos canallas!

—¡Es otra de sus habituales bellaquerías!

—Colguemos a este pequeño musulmán de la torre más alta de Candía.

—¡Demasiado lo tienen merecido esos miserables!

—Pero es una inmensa crueldad.

—Eso no es combatir.

Entretanto el conde Morosini subía a la terraza y examinaba de una rápida ojeada la llanura. Los turcos, que corrían a todo galope, estaban ya a más de dos mil pasos.

—¡Disparad contra esa chusma! —ordenó—. ¡Aniquiladlos!

—Señor —adujo un cabo de cañón—, las piezas se hallan cargadas todas con metralla.

—¡Es lo mismo! ¡Fuego, fuego! Ya les mandaremos luego las balas.

Las treinta culebrinas retumbaron con tremendo fragor, haciendo trepidar por completo el bastión. Pero únicamente un par de hombres y un caballo, que iban en retaguardia, se desplomaron. Los restantes estaban ya fuera del alcance de la metralla, y cuando las culebrinas estuvieron cargadas con bala, los fugitivos alcanzaban la empalizada del campamento turco.


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