El León de Damasco

El León de Damasco

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La artillería otomana, en especial las bombardas, reanudaron sus descargas como si pretendiesen atraer la atención de los artilleros venecianos.

El conde de Morosini hizo un ademán de desesperación y bajó de la terraza. No obstante los duques ya no estaban allí, pues tras haber entregado la criatura, que a fin de cuentas no era culpable del engaño, a un capitán, se fueron a su torre.

El capitán general dio a sus oficiales algunas instrucciones y, enfurecido por la jugada que le había hecho Alí-Bajá y entristecido por la desilusión que sufrían sus amigos, se dirigió hacia su estancia con el fin de consolarlos.

—¡Miserables! —musitó, saltando de improviso para eludir ser herido por un fragmento de piedra—. Celebran su victoria. Ahora que ya se han puesto a salvo los del reducto arrecian el fuego para destruir la ciudad ¡Y no contar con suficientes fuerzas para atacarlos y aniquilarlos o bien obligarlos a darse a la fuga por mar, como mínimo! ¡Pobre Venecia!… Se quedó sin Chipre… y se quedará sin Candía por más sacrificios que realicemos.

Y, prosiguiendo su camino, llegó a la torre, a cuya entrada, Mico, sin preocuparse de los proyectiles, se mesaba los cabellos e imprecaba. Se sentía desesperado.

—¿Y tus señores?


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